CRÓNICAS DE LA PANDEMIA DEL CORONAVIRUS DEL AÑO 2020. I PARTE. 2ª Entrega. Por Carlos Parejo Delgado.

Tras el importante número de visita de la primera entrega, seguimos con la segunda entrega de “Crónicas de la Pandemia….” articulos del consultor, geógrafo y escritor Carlos Parejo Delgado, muchos nos veremos reflejados en las escena que descirbe el autor, es la otra mirada….Espero que os guste.

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Sevilla está triste. ¿Qué tiene  Sevilla? Sus diez mil veladores de bares y restaurantes están cerrados a cal y canto. No recuerdan nuestros mayores que estuviera Sevilla sin bares tanto tiempo. Ni siquiera cuando el 18 de julio de 1936.

Amanecemos con el dulce y delicado trinar de los pajarillos entre el silencio ambiente de esta rara primavera. Podría parecer un escenario bucólico y, sin embargo, los urbanitas ansiamos escuchar de nuevo el trasiego de vehículos de la basura, de los barrenderos, de los repartidores de pan y bebidas, de la gente que marcha a trabajar…

Desayunamos en casa de manera obligada. Y, si tenemos que ir a trabajar: ¡Cómo echamos de menos el segundo café de la mañana o el aperitivo de mediodía¡

No hay ningún sitio dónde tomar nada. ¿Ninguno? Vaya, miento parcialmente. En el bar de la esquina los cierres echados se levantan de vez en cuando para atender a los clientes habituales. Su consigna son tres golpecitos espaciados y poco estridentes. Pero el resto de sevillanos añoramos la cervecita, los cacahuetes y la ensaladilla del mediodía. Aunque hay quién encuentra soluciones para todo. Una familia se ha montado un mini bar en la terraza, y allí desayuna, tapea, almuerza, merienda y cena.  De pronto pasa un vecino y les saluda con guasa andaluza: “¡Buen provecho!”.

 

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Los católicos parecen haber vuelto a las catacumbas de la Roma clásica. Pero, ahora, son catacumbas tecnológicas. Lolita pertenece a una familia de devotos sinceros y de corazón. Y el día comienza para ellos a media mañana, con la misa televisada de las once.

Después de la hora de la merienda, cuando el día se apaga, vuelven a reunirse en la sala para recitar las catorce estaciones del Vía Crucis. Y para la noche les queda  un programa doble, la misa desde el templo de alguna famosa cofradía local y, por último, el rezo de los misterios del Santo Rosario.

Aun así, se hace notar la ausencia del sacerdote que siempre las conforta. Por eso, todos se han apuntado a un circuito vía streaming que han organizado los feligreses de su parroquia. Allí cada uno pide día y hora para hablar quince minutejos a la semana con su padre espiritual. Y es que aunque los templos sagrados permanezcan cerrados a cal y canto, bullen de actividad por dentro. ¡Si mi abuela levantara la cabeza, no daría crédito a  lo que cuento”.

 

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La delincuencia no descansa ni con el coronavirus. En algunas ciudades han aparecido ladrones dinamiteros. Fabrican explosivos caseros que luego detonan en el interior de los cajeros automáticos que les van saliendo al paso. Los Directores de los bancos se tiran de los pelos: ¡Semejante destrozo por unos cuantos billetes, por Dios, con la fortuna que costará luego arreglarlo¡ Hay también ladrones rústicos, como los que colocan grandes piedras por la noche, en medio de la calzada a oscuras, para obligar a detenerse a los conductores y robarles. Es el procedimiento que se les ha ocurrido a unos ladrones que en su tiempo eran fieles seguidores de la serie televisiva Curro Jiménez, bandolero de Andalucía.

En pueblos remotos, la picaresca de los hurtos por la noche ha llevado a una localidad sevillana a amanecer con las tapas de alcantarillado de sus principales avenidas y calles al desnudo, para venderlas como chatarra. En otra pequeña localidad fueron aún más osados. Dejaron sin cajas registradoras a todos los bares del pueblo.

Pero ha habido también ladrones de guante blanco, que la han tomado con casas de ancianos que viven solos. Se hacían pasar por falsos sanitarios con acreditaciones simuladas y uniformes de pacotilla, que venían a hacerle la prueba del coronavirus. Y cuando se iban a buscar sus tarjetas sanitarias, arramplaban con todo lo que de valor podían encontrar y se iban sin decir ni mu.

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