Pero hay un hecho anterior relevante, sucedió en los primeros días de la entrada de la II República. El Rabán mas mediático, que fue genio y figura hasta la sepultura, “el gañan ilustrado” como lo denominaban algunos amigos por su pasión por los libros, al entrar la II Republica puso pies en polvorosa, se quitó de en medio por lo que pudiera suceder. Se saltó la tapia de su patio, que daba a la “Era de Pedro” ( vivían entonces en la Calle Villalba , en la casa hoy dividida de Juana de Narváez ), y adiós muy buenas.
Pasaban los días, y el chaval (quizás no tuviera los trece años aún) no aparecía por ningún lado. Los familiares y sobre todo los padres estaban preocupados más conociéndolo como era “revoltoso a más no poder”. El encargado de buscarlo y “garantizarle” de que no le pasaría nada fue su tío José, el hermano de su padre, que después de varios días lo encontró en “La Tajea”, un caserío donde el arroyo Blanco desemboca en el Río Genil
Cuentan los que estuvieron en el taller de calzado, que cuando había un entierro donde apenas había acompañamiento,propio de los llamados “pobres de solemnidad” los trabajadores, por indicacion del maestro, dejaban la faena, y acompañaban al difunto hasta la calle Nueva o Esperanza, donde se despedían del duelo. Era frecuente, según cuentan, en los años duros de la postguerra compartir mesa y mantel con algunos que pasaban dificultades.
Los seres humanos somos poliedros y complejos, con comportamiento difícil de entender. Hay una anécdota que nos puede ayudar a entender a este padre de familia y abuelo de carácter un poco hosco, y rígido, “hombre recto” en palabras de la época.
Contaba hace unos años la mujer de uno de los “últimos de filipinas”, cuando iba a visitar a su marido ya enfermo en los últimos meses de su vida: “ Muchas veces cuando mi marido aún mocito, siendo un jovenzuelo, después de haber terminado la jornada de la mañana, volvía casi de inmediato haciendo hora para la jornada de la tarde. El maestro ( se llamaba así al dueño del taller) que lo había visto dar vuelta, haciendo hora, le decía a Carmen su mujer, pon un plato más en la mesa que este no ha almorzado hoy”.
En los últimos años de vida de su marido, me comentaba la mujer de este antiguo trabajador, soñaba muchas veces con el maestro y la maestra. Perdidas ya parte de las facultades mentales lo tenía que llevar a un banco enfrente de la zapatería, donde se pasaba un buen rato. La sabiduría y sencillez de una personas sensible y noble como es esta mujer daba una explicación a ese hecho : “los seres humanos en los últimos años de vida, igual que los animales buscamos la querencia, allí donde nos dieron calor y cariño“.
La tienda era el “chocho mezquita”, siempre aparecía alguien a comer, la Gertrudis rifando dulces, o se presentaba algún allegado a pasar el verano. A más de uno se le hicieron zapatos por iniciativa propia para que pudieran afrontar la campaña de la aceituna, asistir a una fiesta o a un evento familiar, “ ya lo pagaras cuando puedas”. Era otro tipo de comercio, y otras relaciones más estrechas y solidarias.
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