José , decían los que lo trataron, era un hombre de gran corazón, pero parco de palabras, de convicciones claras, imponía respecto, ahora lo llamaríamos autoritario y distante. Cuando un nieto con la máxima ilusión vestido de comunión fue a entregarle la “estampita”, fue expeditivo: “ La próxima vez, que te vea vestido de mamarracho te doy una patada, aquí no entres”.
En la siesta había siempre un silencio sepulcral, que Carmen su mujer, beata a mas no poder, aprovechaba para rezar el rosario, que tenía escondido debajo del delantal, aunque su marido lo sabía y hasta cierto punto lo toleraba,pero Carmen nunca asistio de casada a una misa.Habia un acuerdo tácito . Supieron convivir o convivieron a la fuerza, cosas de aquella época, que hoy vemos incongruentes y disparatadas en un matrimonio. A pesar de las diferencias ideológicas, sus rarezas, apadrino y costeo el canto de la primera misa de su cuñado el “ Padre Juanito”, y lo socorrió en momentos de necesidad.
Para el la máxima satisfacción eran la visitas de los antiguos trabajadores, que regresaban del norte en verano a pasar unos días en el pueblo. Llegar saludar al maestro,traerle un recuerdo y ver a la señora como llamaban a su mujer Carmen. Uno de los aprendices fue el Lolo, “Violeta la Burra”, “aprendiz a palos”. “José que yo no quiero ser zapatero, yo quiero ser artista”, contaba siempre el Lolo.
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