Por una nueva cultura del territorio.

Las ideas y hechos anteriores reclaman una reflexión profunda sobre el papel que el territorio va a tener en la vida de las personas y en la evolución de las sociedades en un inmediato futuro. Por una parte, la valoración del territorio, completo o de cada parte integrante, tiende necesariamente a desdramatizarse en su entendimiento político. Por otra parte, la creciente funcionalidad política adquirida en Europa por los entes subestatales (regiones, provincias, municipios, etc.) incrementa las rivalidades y conflictos de menor alcance.

De ambas tendencias resulta la necesidad de un entendimiento del territorio menos ideologizado, más atento a las necesidades reales de las personas y mejor gestionado. Estos propósitos inspiran tras la Segunda Guerra Mundial, la idea y práctica de una política de ordenación del territorio entendida, progresivamente, como gestión del mismo; un planteamiento claramente superador del propósito de dominio territorial prevalente en Europa hasta entonces.

La ordenación del territorio como función pública, es decir, como política aplicable a distintos niveles políticos y en diferentes escalas espaciales, emerge con dificultades en los años 60, declina junto la planificación económica tras la crisis delos 70, para volver a recuperarse a partir de la década siguiente, principalmente por el impulso comunitario.

Con la Carta Europea de Ordenación del Territorio (Torremolinos, 1983), auspiciada por el Consejo de Europa (Cemat), se inicia la trayectoria convergente de una práctica que hasta entonces había seguido orientaciones diversas en los escasos países europeos que la realizaron ( Hildenbrand, 1992).

Varias iniciativas del mismo origen  ( Schema éuropeenne…, 1991; Principios Directores…, 2000; Estrategia Territorial Europea, 1999; Agenda Territorial Europea,2007 ) han contribuido a fijar un lenguaje común en una práctica escasamente implantada y errática, salvo en contadas excepciones estatales y regionales.

En España, ya iniciado el siglo XXI, se ha enunciado, aunque por el momento a nivel meramente intelectual, la denominada “nueva cultura del territorio” (Manifesto….2006). Sin menospreciar la función del Estado, en su papel respecto al mismo, se trata de inducir una valoración más próxima y menos dramática del espacio vivido.La relación real de las personas con el territorio se realiza sobre todo en las escalas local y regional, tanto en el plano cultural asociado a la identidad, como en el de la vida cotidiana vinculada a la calidad del medio, a la accesibilidad y a la disponibilidad de servicios, equipamientos e infraestructuras.

En cierto modo, esta “nueva cultura del territorio” es una vuelta a las tradiciones de protección, gestión y ordenación minuciosas, atentas a los valores singulares del espacio vivido. En un planeta alterado, superpoblado y frágil tiene sentido promover la idea de que cada pueblo o sociedad debe considerar, si no como sagrado, al menos como uno de sus bienes más preciosos, el singular territorio que habita.