La doble conexión que vincula el paisaje a la totalidad del territorio mediante acciones de protección, gestión y ordenación explica el interés del Consejo de Europa a mediados de la década de los 90 por:

• Un concepto con el que se pueden superar las consecuencias de las políticas de protección de espacios de alto interés natural o cultural, útil en dichos ámbitos pero creadora de un archipiélago de islotes cualificados en un mar de creciente degradación.

• Una idea a partir de la cual puede incrementarse la participación social en el gobierno del territorio.

• Un hecho cuya consideración puede cualificar la planificación y gestión del territorio en los niveles políticos regional y local, por lo general tratadas de manera excesiva-mente burocrática y tecnocrática.

El paisaje, un concepto prestigioso, proveniente del mundo artístico ( pintura, literatura, filosofía) arraigado en determinadas élites desde el siglo XVIII, llega a finales del XX, en el momento necesario al conjunto de la sociedad a través de medios de comunicación con gran influencia sobre amplias capas de la población (fotografía, cine, televisión). Todo en una etapa en la que los daños a la naturaleza y al medioambiente se extienden de manera imparable en todo el Planeta.

Actualmente la consideración del paisaje puede unir naturaleza y cultura, conocimiento y sentimiento; puede ayudar a recuperar una relación armoniosa entre cada sociedad y el espacio que ocupa. La relación paisaje y ética está siendo abordada con frecuencia últimamente (como se puede ver en el artículo y bibliografía de Kuleshova y Semenova, 2009), incluso como ha señalado recientemente J. Zimmer(2008) la gestión y ordenación del paisaje debería “tener presente, además de la inevitable dimensión instrumental, una dimensión de la naturaleza como espacio estético, (y) podría manifestar para la experiencia cotidiana, es decir como entorno habitual, un modelo para la relación respetuosa con la naturaleza”. O incluso, atreviéndonos a dar un paso más, “en la relación de cada sociedad con su paisaje no se trata de transmitir exclusiva o prioritariamente la idea de naturaleza o de la armonía con ella, sino también la idea de que el entorno próximo de toda sociedad, el marco en el que se desenvuelve, constituye un legado y testimonio accesibles a la experiencia cotidiana; un marco vital en el que están presentes las acciones de todas las generaciones que lo han ocupado y que debe ser asimilado y gestionado, en el presente y proyectado hacia el futuro” (Caballero y Zoido, 2008).